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Perdidos en una isla.

A veces no necesitamos salir de la misma palabra para perdernos.

Ocurre cada tanto, pero pasa,  al mirar alrededor no vemos nada,  no escuchamos voces,  no se enciende  ni apaga ninguna ciudad.

Es que somos,  de a ratos,  una isla desierta en dónde perderse  no es una elección.

Sobreviene un estado de pánico propio de un naufrago e intentamos de todo: nadar hasta que perdamos el aliento en un vaso  de agua que haga lo que haga, nos hunde; o introducir un mensaje indescifrable para el resto del mundo en la botella, mal escrito y con la tinta mojada de lágrimas que diga: Ayúdennos. Y el mensaje que de un principio lo había escrito Eva, con su sutil caligrafía y su delicada sonrisa, de aspecto torpe y ciega en sentimientos donde no alcanza a sentirse como orilla y continente.

Sola, Eva se sentía en la isla; ella la abrazaba y la invitaba a comprender lo costoso de tener siempre el ama dispuesta en la línea de fuego de lo incomprensible.

A veces, expresaba ella: “me siento más clara y me parece que la historia no es como la cuento, entonces la certeza de que todo va a estar bien me hace sonreír: no soy la extraviada: una isla se ha perdido en mí”.

Comenzó a seguir la luz de la noche y daba pasos sin tener un punto fija a donde llegar, cerro lo ojos y comenzó a soñar. Era Julián en aquel sueño que la invitaba a caminar dando pasos en  la arena como a miles de hojas cuarteadas sobre la tierra, abrazando los tejidos y deshilándome la piel, apenas pudo notar que era un sueño, que estuviera en tierra firme, se encontraban a solas sobre no más que soledad materializada, la fatiga ultravioleta apenas dejaba ver, entre ruidos visuales y destello solo podía sacudirme las palmas, había un rastro de huellas que culminaban en la ruta de mi pies, recosté mi cabello en la arena –esperándola a ella que me siguiera y me imitara- y miré como el mar se lamia todo el lugar, no había más que flores amarillas y una cortina de viento, levantamos nuestras torpes piernas, ya cansadas y mirando al suelo ascendimos de pie, nuestra ropa dejó formar una cascada de arena de la que surgía la tela azul turquesa que colgaba al menos en mí, extendimos pestañas  a paso lento, y me reconocí entre tanto cascabeleó que nos dejaban las olas, vivíamos a puro purpura y rosa en ocaso, sabía que estábamos en el final de una estrofa en lo cual no había regreso, estábamos perdidos en una isla.

Cada paso que dábamos encontrábamos más personas en la isla, encontramos a una mujer de acento distinto de mirada penetrante y palabras sabias, tan solitaria y vacía que propiamente se sentía en su hogar. Nos confeso que sentía plena, satisfecha, rodeada del inmenso azul del cielo y del mar. Ella se aparto y podíamos ver como las olas acariciaban sus pies, así de la misma manera sutil que cualquier persona pueda acariciar el cuerpo de otra persona,  ella con un nombre dulce como así no los dijo sentía la arena  áspera contra su mejilla, así de la misma manera que sentía cualquier mujer la barca un poco crecida sobre la espalda.

Aquella isla dentro de nosotros, en nuestros recuerdos. Aquellos de los cuales donde cada uno tenía un único dueño, así como lo fue alguna vez alguien en nuestro cuerpo y en nuestro corazón. Aquel solitario lugar está en una de las habitaciones de nuestras mentes, ahí donde nos duele, donde si podemos sentir.

Qué fácil se volvió perdernos en nosotros mismos, en todo aquello que nos resulta ya tan ajeno a la realidad.

Comencé a ser noche, era yo el otro habitante de aquella isla. Mientras los otros se juntaban contra el frío mi mente intentaba inspirar las líneas que jamás se leerán, así como aquella canción que nunca se escuchará.

A medianoche, me invitaron a contemplar el oscuro cielo de febrero, recorrido por una explosión de estrellas. El pálido resplandor de la noche infinita temblaba encima de nosotros.

El mundo ardía en silencio, un fuego blanco que lo envolvía todo, recuerdos, momentos, cicatrices. Las palmeras ardían en sus copas, el viento, las llamas, el agua, el aire.

¿Por qué es tan silenciosa la noche – me pregunte- si  los volcanes en el mar mantienen los ojos abiertos y el pasado es presente, amenazando, siempre acechando en su guarida, como el silencio y sus miradas?

Comienzo a darme a conocer, a darle a entender que esta isla simplemente es un sueño que al despertar estaremos cada quien en su tibia cama intentando saber que paso, yo responderé: estábamos en un sueño, dentro de otro sueño, en una soledad dentro de una sonrisa, en un recuerdo dentro de una mirada, en cuerpo afuera del alma. Estábamos juntando el pasado con las ganas de vivir el presente, como una ola en una isla desierta, haciendo una armonía silenciosa y hermosa.

 

 

 

Participación especial de:

– “Eva”: @Evaysol

-“Julián”: @ClavedeS0L

-“Dolce”: @DolceAcido 

 

 

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4 comentarios el “Perdidos en una isla.

  1. En mi mundo solamente existen dos personas, ella y yo… su sonrisa es esa isla en la que suelo perderme, ella tiene el poder para configurar mi brújula de tal modo que siempre me dirija hacía ella… ella es mi cielo y mi infierno, mi veneno y mi cura, así funcionan las cosas cuando estás enamorado… un abrazo, excelente texto.

  2. Excelentes..Cuando una esta enamorada,suceden cosas que te transportan..Y cuando quedamos solos,somos un habitante mas de la Isla donde habitamos.

  3. A veces es conveniente ser esa isla, descubrir tus silencios para escuchar tu alma.

  4. Expresion de sentimientos,sensaciones y actitudes para contigo y para con tu pareja.Siempre que te leo siento que no vas a poder superarte en lo próximo y siempre me soprendes,Gracias por hacerlo………

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